La moral como parte de una vida sana

Doble vida, remordimiento, estrés. La cantidad de cosas que nos quitaríamos de encima con sólo desearlo…

Prostituirse alegremente en nombre del placer instantáneo, el orgasmo fácil, el polvo sin compromiso y la aventura insaciable de no saber que ocurrirá en esta ocasión bajo las sábanas, tiene sus inconvenientes

Aquellos en quienes prevalezca un cierto compromiso con la moral religiosa, se sentirán sucios (aún a sabiendas que ya por el simple hecho de ser infieles, promiscuos o gays, deberían salir a la calle envueltos en una caja de detergente). Pero si la religión no perdona, los estereotipados comportamientos sociales, tampoco.

Una persona que necesite de la aceptación social y gozar de cierta credibilidad o respeto, no puede permitirse celebrar su cumpleaños en un cuarto oscuro o quedar a tomar café con los amigos en la sauna. No está bien visto, entre otras cosas, porque esto no es lo que se hace en estos sitios.

En aquellos individuos dónde lo religioso les quita el sueño y no dejan de atormentarse, por regla general acaban prometiéndose que será la última vez, y para festejarlo, acaban montando un trío o se pierden en alguna orgía a modo de despedida. Si se ha de ser el último pecado, que sea a lo grande.

El problema es que el pecador, por definición, siempre vuelve a caer. Así podríamos decir que si bien son los más atormentados, que duda cabe que son también quienes mejor se lo pasan, despidiendose una y otra vez de aquello en lo que no volverán a caer y que tanto placer les produce.

Por otro lado, aquel que necesita de la aceptación social, lo tiene más difícil. No cree en el pecado pero tampoco puede permitirse quedar como una puta de rebajas ante su entorno. Arrastrarse hasta la sauna no da mucho cahé, y se ve obligado a llevar una doble vida que en todos los acontecimientos sociales acaba con la misma frase : “es tarde, me voy a casa”.

Está claro que en ambos casos, no ser uno mismo implica una serie de sacrificios en ocasiones absurdos que solo pueden reportarnos estrés, remordimiento e insatisfacción. Salvo que nuestro amigo pecador descubra una noche al salir del cuarto oscuro, que se ha tirado a media parroquia.

La mente humana esta llena de trampas e insondables (por no decir retorcidos) mecanismos que conforman todo lo que somos, lo que mostramos y lo que nos gustaría ser. No saber quienes somos o avergonzarnos de lo que sospechamos pudiéramos ser, solo nos empuja a una inevitable y profunda insatisfacción con nosotros mismos que a la larga acaba salpicando a nuestro entorno.

Lo mejor en estos casos, y siempre que no se haga daño a una tercera persona (pareja si la hubiese), es sonreír y evitar pagar un precio inútil por construir una imagen que no nos corresponde, que no nos aporta nada y demanda mucho estrés.

Con el tiempo acabas por darte cuenta que el ser humano siempre es el mismo, los hay quienes reprimen sus deseos, quienes los llevan hasta el extremo o quienes lo viven con naturalidad.

Llegar una noche a la sauna tras haber tomado toda las medidas precautorias, pertinentes y oportunas, para descubrir una vez dentro que aquellos de los que huías llevan una toalla en la cintura, no es casualidad

 

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